El “bitxo”

Si alguna cosa tenim en comú els afectats i les afectades per un Transtorn de Conducta Alimentaria és la paraula amb la que definiríem la malaltia, qui nom li posaríem. En la majoria dels casos ens referim al “bitxo”. Això passa quan arribem en aquell punt que sense identificar-nos com a persones malaltes ens adonem que hi ha quelcom que no funciona, que el “a mi el que em passa és que em sobren uns quilos i ja està” s’ha transformat en una batalla a vida o mort contra la bàscula, el menjar i les begudes. El “bitxo” és qui ara pren el control i la voluntat i no sabem què fer, ens trobem en una fase d’espera mirant de prendre una decisió mentre ens preguntem com ha pogut passar, com el punyeter “bitxo” ha pogut instal·lar-se, créixer, enfortir-se i decidir sobre nosaltres amb només dues idees globals: ets inútil, ets lletja.

S’anirà fent present amb més o menys intensitat segons en quina etapa del procés ens trobem. Abans dels àpats, amb l’actitud que hem de prendre a l’hora de menjar i de donar respostes al nostre entorn, fent-nos mantenir una activitat corporal continuada, confonent-nos amb la terminologia “saludable vs malnutrició”, mentint-nos amb les nostres capacitats reals de ser, donar i oferir; ens fa veure a través dels seus ulls una imatge distorsionada i irreal del nostre cos i alhora ens acabarà convencent que sense ella, sense bitxo, no som ningú.

El meu, se’m presentava en forma d’angoixa, com si fos una centrifugadora d’una rentadora situada a la boca de l’estómac, tenia fins i tot un regust metàl·lic. Ara sé que era gana i, si no fos perquè ja no em cal que ningú em convenci que tot era conseqüència d’estar malalta em sentiria francament estúpida, sense bitxo que m’ho hagi de dir ni res. Amb les dues definicions d’ inútil i lletja, el meu, en tenia prou per confegir el meu dia a dia fins aconseguir aïllar-me de tot i de tothom, fent que les hores i els minuts només tinguessin significat si seguien el pla espartà i meticulós de comptar calories, pesar grams i medir centímetres i, si em queia el cabell era per l’estress de la feinada que tenia i d’haver d’aguantar tothom, que jo ja sabia com he de fer les coses i una “veueta” em deia com ho havia de fer per millorar perquè jo era un desastre, una calamitat…mal bitxo, el bitxo.

Quan al grup de suport ens van demanar que el dibuixéssim, vam adonar-nos que rarament s’allunyava d’un esquema cadavèric i fugaç de nosaltres mateixes, el reflex d’en qui ens estàvem convertint. Ser conscient del bitxo em va ajudar a externalitzar “el mal” de mi, de donar-li l’espai correcte que havia de tenir, no dins meu i entendre que era una aberració mental de la que o me n’havia de desfer o hi havia de saber conviure. Hores d’ara el meu bitxo dorm i es va fent petit, sí que de tant en tant badalla, però des de el benestar i la seguretat en mi mateixa que he obtingut amb el tractament sóc capaç de memoritzar desenes de cançons de bressol i el torno a adormir. Aquí no s’hi valen treves ni fer-me la sorda i encara menys la condescendència: el bitxo no ha de tornar a veure mai més la llum i a mi cantar em dona bon rotllo.

 

Ester.

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IMC i altres inflexibilitats

Avui us deixo un retall d’una revista mèdica que m’ha semblat interessant en tant i en quant sembla que hem de desentrenyinar conceptes i actualitzar nomenclartures.

 

MARÍA CLARA MONTOYA

Madrid

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17 mar 2017 – 13:00 h

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El Índice de Masa Corporal (IMC) es la medida más utilizada para definir si una persona tiene sobrepeso u obesidad, sin embargo, los expertos en este campo consideran que en un corto periodo de tiempo esta patología deberá calcularse de otra manera.

Esta reflexión se llevó a cabo en el II Congreso conjunto que celebraron en Sevilla la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo) y la Sociedad Española de la Cirugía de la Enfermedad Mórbida y de las Enfermedades Metabólicas (SECO).

Según explica a GM el jefe de cirugía gastrointestinal del Hospital Clinic de Barcelona y miembro de SECO, Antonio Lacy, hay “tres preguntas fundamentales” a la hora de establecer un nuevo paradigma en cuestiones de obesidad: “¿Debemos exclusivamente operar a los pacientes con obesidad? ¿Realmente el IMC tiene influencia sobre los resultados de la cirugía bariátrica y metabólica? y, ¿es el IMC la forma de medir ideal para indicar una intervención quirúrgica?”.

Lacy apuesta por un cambio de indicaciones “ya que seguimos las mismas desde hace más de veinte años” y lamenta “la falta de consenso que hay entre endocrinólogos y cirujanos, que hemos demostrado que los resultados de obesidad son mejores entre los pacientes que se operan que entre los que se dedican exclusivamente a la medicación”.

Perder IMC no elimina comorbilidades

“Nosotros hemos visto que tras una cirugía, perder IMC no es el único factor que influye para que el paciente mejore o se cure de diabetes, sino que hay otros factores”, asegura Lacy.

El experto también insiste en que es necesario “aprender que los pacientes no son iguales en Europa o Asia, donde la prevalencia de diabetes es mucho mayor en áreas como Oriente Medio y por tanto es fundamental personalizar el tratamiento ideal para cada uno de nuestros pacientes”.

“Hemos funcionado durante mucho tiempo con el IMC pero la obesidad no es exceso de peso sino el exceso de grasa y es ahí donde crecen las posibilidades de que una persona desarrolle diabetes, alteraciones en los líquidos, esclerosis o cardiopatía isquémica”, apunta.

Esta opinión también la comparte el especialista en endocrinología y nutrición de la Clínica Universidad de Navarra (CUN) y miembro de Seedo, Javier Salvador.

“Si seleccionamos a 30.000 personas y les medimos por un lado el IMC y por otro el índice de grasa corporal, nos saldrá una buena correlación a nivel global pero si analizamos individualmente a alguien, observaremos que hay personas que pueden tener el mismo IMC pero una de ellas tener más grasa corporal”, explica el especialista.

Obesidad sin sobrepasar el IMC

La Organización Mundial de la Salud considera que una persona tiene obesidad cuando el Índice de Masa Corporal es mayor a 30, pero Salvador afirma que una persona con IMC normal y aumento de grasa corporal puede ser obesa.

La situación empeora al evaluar a personas con sobrepeso (IMC entre 25 y 30): “Un 80 por ciento de las que hemos analizado, tendría obesidad si medimos su grasa corporal”.

El equipo de la CUN llegó a esta conclusión tras hacer unas cuatro mil mediciones con un sistema de impedancia abdominal y visceral.

Según señala Salvador, estos resultados han demostrado que la información es tan buena como la que da un escáner o resonancia magnética en personas con grado 1 de obesidad y apuesta por el uso de la impedancia porque la resonancia y el escáner son técnicas “complicadas y caras”.

Para el especialista, hay “muchísimos mitos” detrás del IMC, “y aunque no quiero que desaparezca porque es práctico para calcular la prevalencia a nivel internacional, si viene alguien a consulta, y quiere saber si está siguiendo correctamente el tratamiento, solo calculando el IMC, no sirve”.

El reto es , según Salvador, “ medir la composición corporal y conseguir que los pacientes pierdan grasa corporal de una manera de selectiva, porque no me sirve que alguien pierda peso si es a base de músculo o de agua”.

 

I per acabar: xerrada de la Maria Cuesta!!!!

maria cuestta2

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Por si acaso

El otro día me faltó valentía. O me sobró cautela, aún no lo sé muy bien.

Acudí a la biblioteca que frecuento, dispuesta a enfrascarme en una ardua sesión de estudio. A los pocos minutos de acomodarme en el asiento y esparcir por la mesa todos mis bártulos, me distrajo la presencia de una chica que tomó asiento justo delante de mí. Estaba delgada, delgadísima. Más de lo que yo he llegado a estar nunca, incluso (creo) cuando la anorexia me tuvo prisionera y, me atrevería a decir, más de lo que había visto nunca así, tan cerca. No pude evitar ver reflejada en ella mi experiencia: en efecto, lo primero que me vino a la cabeza fue que estaba enferma, muy enferma.

Mi actitud me pareció injusta, porque no la conocía en absoluto. “¿Quién te da derecho, Clara, a aventurar que esta chica tiene un TCA?” Nadie, claro está. Pero es conocida la tendencia al egocentrismo de que sufrimos los seres humanos, y no fui capaz de reprimir esa reacción. Mi cerebro desconectó de todo lo demás (ni que decir tiene, de los libros) y se entregó a la tarea de analizar cada uno de sus gestos, cualquier indicio en su comportamiento que me ayudase a verificar (o descartar, preferiblemente) la hipótesis que me había formado.

“Ha sacado una botella de agua y no ha bebido ni un trago en dos horas...”

Al cabo de un buen rato se levantó de su silla y salió, dejando los apuntes encima de la mesa. Mi primer impulso fue alcanzar un post-it del estuche y anotar en letras bien grandes las palabras “no te hagas esto, quiérete” u otras similares, pegar el papelito en sus hojas y marcharme apresuradamente a otra mesa (o directamente, a casa). Pensé en anotarle la dirección de este blog o el teléfono de ACAB, incluso mi número personal.

No hice ninguna de esas cosas, por si acaso. Por si acaso me equivocaba y la ofendía, por si acaso pensaba que qué imbécil quien hubiese escrito la figurada nota, “metiéndose en la vida de los demás”. Cuando salí de la biblioteca la chica todavía no había vuelto. Creo que efectivamente me equivoqué. Ahora, pensándolo en frío, me parece que ofrecer tu ayuda a alguien que crees que está pasando por un momento difícil nunca está de más, ¿no? Por mínima que hubiese sido la posibilidad de que estuviese en lo cierto, y de que mi conducta hubiese ayudado en algo a esa chica, habría valido la pena. Y de todos modos, el mensaje era inofensivo, agradable. No puedo dejar de pensar en lo fácil que resulta juzgar, criticar, quejarse… y, sin embargo, lo difícil que es a veces decidirse a compartir las cosas que parecen más evidentes.

Contra la anorexia y la bulimia no hay que tener piedad. La vergüenza o el miedo no pueden servir como excusa para no aprovechar cualquier oportunidad de enfrentarnos a ellas. Incluso cuando sólo se barajan como una posibilidad. Así que aprovecho esta plataforma para volver a decir bien alto (ya me entendéis): ERES FANTÁSTICA. Ni preciosa, ni bonita, ni encantadora. Fantástica, que lo engloba todo. Que nadie te diga lo contrario, y que tampoco deje de repetírtelo.

Clara

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mama, em vull morir

Fa setmanes que se la mira amb l’angoixa de la incertesa. No sap ben bé què ha d’esperar, a qui preguntar ni què més buscar per internet. Abrumada per la sospita que cada dia que passa li confirma que sí, que els hi ha tocat de ple, s’enreda de nou en l’esperança que quan sigui l’hora de sopar la Mònica segui a taula i no comenci a escampar la verdura pel plat, que no aprofiti per amagar la mongeta a les mànigues del pijama mentre ella va a la cuina per girar el peix i que faci veure que s’eixuga amb el tovalló de paper per escopir-lo. Lliga caps, una més: perquè no fas servir el tovalló de roba com hem fet sempre? I a la Mònica tot li sona a retret, a trampa i respon amb la mirada: mama em vull morir. I se li fa un nus a la gola quan posa la rentadora i troba les restes de menjar a les mànigues del pijama, i a les butxaques. La setmana passada quan va marxar cap a l’institut va revisar-li “el santuari”, no s’imaginava que s’hagués hagut de veure mai en aquella tessitura, com si li busqués drogues, necessitava indicis alguna cosa que li donés prou valor a enfrontar-se a aquells 18 anys plens de ràbia i de desencís. Res, no va trobar, res.  A cada mala resposta de la Mònica pel que fa al menjar, a que s’hagi mogut un gerro de lloc o no tingui les galetes de fibra, sense sucre fetes amb farina d’espelta sense conservants, a cada mala resposta, s’enfonsa més i més en la culpabilitat de no saber acabar de reconèixer  què ha fet malament per mirar la seva filla als ulls i que li digui: mama, em vull morir. Per la seva banda, la Mònica es fa creus de com sa mare és incapaç de no deixar-la estar, però de no deixar-la estar en res, ni amb el què menja, ni com es vesteix, que si amb qui surt i tot el puto dia vigilant, joder, que ja sap el que ella ara mateix necessita i està avorrida, cansada i farta. Tot alhora, tu. I sí, què passa? Vol estar prima, algun problema? Les ties que molen són les primes, les que tot els escau bé i agraden als tios i ella no vol ser mediocre i divorciada com sa mare, abans, i sobre tot quan està amb ella voldria morir-se.

La Mònica i la seva mare viuran juntes la malaltia fins que gosin posar-li nom, cadascuna el seu, l’una fent-se conscient de que té un problema i que és tan natural com estar en un període de malaltia, l’altra haurà de fer tots els papers de l’auca: ser-hi sense que se la vegi, oferir la seva presència sense envair el seu espai, confiar sense reserves i sense esperar honestedat a canvi, ser els seus ulls però no per vigilar sinó per acompanyar-la pel camí més pla, mil coses que podria dir i que es desmunten per minuts quan la malaltia ataca sense miraments i no entén de planificacions, paciències ni bons propòsits. Segurament la part més complicada és que la Mònica es reconegui com a afectada per un TCA, que ella mateixa faci el “clic” i digui “prou, ajudeu-me”. Avui he tornat a parlar amb la mare de la Mònica i li he donat el telèfon i el correu de l’ACAB, va perduda amb els centres de tractament, necessita saber detalls de la malaltia, se m’ha acudit dir-li que parli amb la seva filla, que les paraules li desmunten la força a la por i a la vergonya, que no intenti convèncer-la de res però que sàpiga que hi és com a mare, per si de cas en algun moment decideix que vol deixar de morir-se. Que insisteixi i es repeteixin les dues que l’anorèxia i la bulímia no són culpa de ningú però responsabilitat de tots i això comença per intentar transmetre als nostres la seguretat i el respecte cap a ells mateixos, i això és llarg, i es fa cada dia a qualsevol hora i al final t’acaba arrelant a la vida.

 

Ester

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Una mujer como Dios manda

Todo el mundo parece empeñado en dar su opinión acerca de qué es lo que hace a una mujer “como Dios manda” (o un hombre, entendedme, pero desde ese punto de vista no puedo hablar), así que he decidido subirme al carro.

Zara dice que tenemos que tener curvas, pero sin pasarnos. En las redes sociales se habla de un IMC “ideal” y de “técnicas para gustar a todos los hombres”, y las revistas de moda critican sin piedad la dictadura del canon de belleza para, dos páginas más tarde, alabar las medidas de infarto de ésta u otra actriz. Google está repleto de páginas dedicadas al análisis de la mujer “perfecta”, cuya exhaustividad es inaudita: “de 29 años, 1’63 metros de altura y unos 50 kg”, “1’79 de altura y 59 kg (ni más ni menos, tiene botones)”. “Victoria’s Secret” presenta sus productos como “imprescindibles”… La cuestión es, ¿imprescindibles para qué?

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Viendo el panorama, a veces -más bien a menudo, siendo sincera- me planteo si seré yo la que ve las cosas de otra manera. Espero que no, y que podáis tranquilizarme. Me educaron para apreciar cualidades diferentes, para valorar de forma distinta lo que hace merecer a ciertas mujeres el calificativo (dudoso, por otra parte) de “como Dios manda”. Para empezar, me enseñaron que la entereza y valía de una mujer tiene poco o nada que ver con el tamaño de su culo y el modelito que gasta, y bastante más con su manera de enfrentarse a la vida y relacionarse con los demás. Y, sobre todo, con la manera en que se quiere, se respeta y se hace responsable de sus decisiones.

Una mujer como Dios manda es cualquiera y lo somos todas, porque Dios no suele mandar nada.

Son las que se mandan a sí mismas, las que dictan las normas de su vida. Las que son capaces de conjugar amor propio y respeto hacia los demás. Las que a veces se dejan vencer por la presión e incluso se convencen de que son menos de lo que son, pero siempre se levantan y caminan con paso firme. Las que llevan su propio criterio por bandera.

Y gustan a algunos hombres y a muchos otros no (que para qué, la verdad), y a algunas mujeres, pero, sobre todo, se gustan a sí mismas.

Clara

Posdata: disculpad, por favor, nuestra ausencia de la semana pasada. Desgraciadamente, todas las mujeres como Dios manda necesitan un respiro de vez en cuando.

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Les nenes bones van al cel

Vuit de març, tu. El dia internacional de la dona i el primer que em ve al cap és que de ben petita, però petita petita petita, jo volia ser un nen. Res, ni ús de raó ni res tenia en aquells moments però ja m’olorava que havia de ser més pràctic ser un nen que una nena. De moment a mi em semblava més divertit. Estem d’acord que tinc la referència d’un germà que és una mica més gran que jo i que és amb el que jugava i jo gaire de nines no he estat mai, però si hi havia una data on em posava verda d’enveja era el dia de la palma: el Xavier podia anar tot orgullós amb el seu super-palmó alt i esvelt que em semblava que tocava el cel, i jo anava amb aquella…palma (ja no valoraré el tema vestuari i sabatetes de xarol) i quan el capellà donava permís per començar a picar al terra..els nens, Xavier inclòs, entraven en èxtasi gloriós amb el palmó picant contra el terra en mostra d’entrega fervent de fè cristiana, mentre les nenes ens miràvem la birria de palma intentant picar, maldestres i com podíem, al terra. Comencem malament, pensava jo!!! Jugar..si m’havia d’embrutar el vestit era un altre hàndicap del que finalment la meva mare se’n va deslliurar donant-me en herència els pantalons del meu germà previ pas per la col·locació de genolleres per fer-los durar alguna temporada més, ni Zares, ni Mangos, ni leches. Aquest vestuari ja em va semblar, més còmode, sofert i adequat, sobretot per anar en bici, és més segur fer-ho amb pantalons i anar tranquil.la que anar patint per si ensenyes les calces o se t’arremanga la faldilla, acabes conduïnt amb una mà i patapam! No serà que la plasticitat femenina havia de donar pas a la seguretat vial? Ves al Decathlon i busca faldilletes per anar en bici, a veure quantes en trobes, ves.

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Després em vaig aprendre la frase “les nenes bones van al cel, i les dolentes a tot arreu”, aquí ja era  més gran i més batalladora i entenia clarament que per tenir èxit com a dona (al tanto amb el masclisme implícit que porten les dues frases següents) has de ser una mal parida o una filla de puta: dolenta, si no ets dolenta, nena, et menjaràs els mocs i seràs una més de les que cobrem la meitat, treballem dins i fora de casa i no segueixo que jo sola quedo retratada. I no és que no m’agradi ser una dona, que m’encanta, però si ara em dones el supòsit, l’oportunitat de tornar a néixer en la mateixa societat, t’ ho dic convençuda, preferiria ser un home, blanc i heterosexual. Pregunta-li, pregunta-li a qualsevol del teu entorn, al teu pare, al teu germà, companys de classe, al noi que sigui si es canviaria per una dona, ara, ja, sense fer-se el xulo, eh? de cor, meditant… A veure qui és el valent que s’apunta al carro de pujar cada dia al món de ser dona i no rendir-se davant de res pel sol fet de que quan ets dona les coses costen “una mica més”, que tens la responsabilitat vitalícia amb els teus fills i ets capaç de reinventar-te cada dia sense tenir ni faba del que és la resilència i ni falta que ens importa. Quant de temps ens seguirem preguntant per què els trastorns de conducta alimentària tenen aquest índex aberrant sobre les dones, tenint moltes de les respostes davant del nas, que moltes d’aquestes respostes són responsabilitat nostra, teva, però seguim fent veure que no va amb nosaltres perque total som dones les qui ho patim. Una cosa que sí que m’agradaria destacar és la capacitat que tenim per plorar, a mi em sembla que aquesta virtut de poder treure sentiments (compte que el trastorn bé s’ocupa de bloquejar-los quan estem en la fase aguda que és quan ens fem mal a nosaltres mateixes), dic que la capacitat d’abocar sentiments com el dolor, la ira i el malestar ens fa éssers pacífics, que difícilment actuem amb violència contra el que no entenem, no ens agrada o ens traumatitza i frustra. M’agrada que sigui excepcional la noticia als diaris de dones que assassinen, maltracten i abandonen. M’agrada, és veritat, ser una dona, m’agradaria ensenyar-te que tot pot ser una mica més fàcil i que no hem de tenir por de res, perquè el sol fet de viure ja és un regal per als altres.

Ester

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Tiene que ser una broma…

curves

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Y, como pasa con la gran mayoría de refranes, tienen razón. ¿Qué me decís del resabido “a palabras necias, oídos sordos”? Desgraciadamente, hoy ambos nos vienen al pelo.

La conocida firma de moda Zara lanzó hace unos días el cartel publicitario que se muestra arriba, en pos de una campaña “pro-curvas” que ha sido objeto de una fuerte polémica. No vengo a comentar el poco acierto (por usar un eufemismo) que tuvo el responsable del diseño de la campaña, que es más que evidente. Tampoco a reivindicar, una vez más, que las mujeres -y los hombres- tienen que amarse tengan curvas, rectas o una mezcla de las dos: amarse a pesar de ellas, y precisamente por ellas.

Hoy vengo a expresar mi enfado, y espero que todos os contagiéis de él. Creo que no es para menos:

Estoy cansada de aguantar comentarios sobre el físico que debo tener. ¿Quiénes son ustedes para decirme qué y qué no tengo que amar de mí misma? ¿Desde cuándo tienen la potestad de establecer los criterios que me hacen bella o no? Yo estoy guapa cuando a mí me da la gana, faltaría más. No cuando ustedes lo digan.

Estoy cansada de tanta hipocresía: la tolerancia y el respeto se definen por el rechazo a las etiquetas, o eso es lo que a mí me han enseñado. Así, en el ámbito de la imagen y en todos los demás. Ni curvy, ni skinny.

Estoy cansada de escuchar que las personas víctimas de un trastorno de la conducta alimentaria son débiles de voluntad, que carecen de capacidad de esfuerzo, que se “dejan llevar” por sus impulsos. Yo diría, más bien, que este mundo no les deja hueco. Que las somete a pruebas absurdas con la falsa esperanza de alcanzar el éxito, que nunca llega. Nunca.

Estoy cansada de tantas cosas… De que la ropa esté perdiendo su valor como medio de expresión de la identidad, su parte creativa, de juego… para volverse una celda, que poco a poco va estrechando sus barrotes.

Estoy cansada, en definitiva, de que todo el mundo se tome la libertad de opinar sobre mí cuando no se lo he pedido. Sobre todo, si lo hace con arreglo a criterios equivocados. Eso ha sido potestad exclusiva, y así seguirá siéndolo, de mi madre y de mí misma. Podré parecerles simplona, cargante, explosiva o más bien anodina; pero en última instancia soy yo quien decide cómo soy. Y cada vez estoy más cansada de los intentos de convencerme de lo contrario.

**

A propósito, creo que las curvas que más se echan en falta en la imagen no son aquéllas a las que me vengo refiriendo en estas líneas… ¿O acaso, Sres. Publicistas, la sonrisa no es curva?

Clara (que normalmente sonríe pero hoy, está enfadada)

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Res.

no-passa-res

Bona tarda,

M’agraden els dies com avui on no passa res, un dia normal a la feina, he matinat això sí, i he tingut alguna moguda de les que ja porten implícites les set hores que em dedico a que els comptes quadrin per a tothom. No és tasca fàcil, no et pensis, sempre hi ha algú que es queixa, que la conciliació no li sembla equilibrada i s’escapa el to cordial de les paraules. Però no passa res, res de res perquè tot el brogit que hi ha a l’ambient, tota l’olla d’emocions contradictòries ja no són l’excusa per evitar l’àpat del dinar o vomitar. Agraeixo  dormir bé a la nit, anar a dormir sense gana (que no tipa) i fer un mini repàs mental del dia m’ajuden i molt, a no llevar-me neguitosa, amb aquell nus, aquell nervi, ja saps, i amb la ment i l’objectiu posats en veure per on anirà el dia amb el tema del menjar, i qui vindrà a tocar-me la  pera per posar-me més nerviosa del que ja estic (estava, que se m’escapen els presents).

Ara mateix m’estic en una cafeteria de l’Eixample a Barcelona. Havia jo d’anar a veure la meva mare a la residència per fer-li companyia una estona però em passa que estic intentant polir-me i perdonar-me i amb la meva terapèuta, m’he sentit a mi mateixa just quan em deia: no passa res Ester, és normal que sentis el que sents, abraça els teus sentiments (agradables i neguitosos), dona’t el teu espai i aprèn que prendre responsabilitats és difícil però que us ajudareu, dona’t temps i poseu-vos cadascuna al lloc que us pertoca, l’amor que hi ha, el fil del vincle tornarà a lligar-se i no passarà res. I això, en un altre moment, estant en plena efervescència del Transtorn de Conducta Alimentària hagués estat un abonament més per no sortir-me’n, perquè els missatges que m’enviava eren confusos i erronis, destinats només a cronificar un estat de letàrgia i absència. Llavors sí que passaven coses, moltes, massa, et diria que no vull ni recordar-me’n.

M’agrada no esperar res més del dia que no sigui que s’allarguin les tardes amb la llum que em dona vida i ganes de tenir vida. Tenir  ganes de que em passin les hores sense més pressa ni objectiu que gaudir de la pau que sóc capaç de trobar en qualsevol moment, llunyana ja l’angoixa de no saber què em passava, de no entendre’m a mi mateixa, de no saber per què pensava el que pensava sense endevinar mai que eren pensaments circulars que dissolien qualssevol idea o gest que em permetés sortir d’aquella situació d’autocomplaença destructiva. A punt de morir-me i ara aquí…sense que passi res… o sí que passa, que somric perquè se m’obre la gana de pura satisfacció i decideixo que vaig a berenar perquè ja no passa res, ja no passa.

Ester

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Voy a empezar a permitírmelo todo

Hola, com anem?

Visito a vegades una pàgina al Face, AnyBody Argentina on trobo sorpreses com la que et deixo. No va signada..no puc posar més informació de la que comparteixo i que va molt més enllà de ser un decàleg de bones intencions i canvi d’actitud: és la resulta d’un treball intens, d’acceptació i de reestructuració personal que necessita d’un temps i una força que només ens podem permetre si estem disposades i disposats a donar la primera passa.

Comencem?

Ester

 

voy a permitri

 

Voy a empezar a permitírmelo todo. Y cuando digo todo, quiero decir que voy a comerme el bocadillo entero, voy a dejar de llamar a la culpa por telepatía porque tanga la necesidad de justificarme por sentir. Por sentir sin parar. Voy a convertirme en una marciana y voy a bailar conmigo misma, y si señalan la palmera que tengo en el pelo, que la señalen y si señalan la luna que tengo en la boca, que la señalen, y si señalan el mar de mi esqueleto, que lo señalen. Me voy a tocar con todos los dedos que señalan y van a servirme para hacer cosas muy bonitas.

Voy a respetarme como si estuviera respetándome a mí misma todo el rato, todo el tiempo, con la seguridad con la que una muerde una manzana. Y si quiero enfadarme, me voy a enfadar, y si quiero llorar, pues voy a llorar, y si quiero reír, pues voy a reír con la boca muy abierta, que se me vea por dentro, que no haya dudas de que sí de que no, las veces que yo quiera.

Voy a empezar a digerir lo de no poder ser como todos me piden, ser normal, caber en el plato…me cansa, me aburre, me despega de la realidad, me vuelve una hipócrita y me da dolor de garganta. Con lo bien que se está pudiendo hacer lo que me venga en gana, sin cuestionármelo, sin juzgármelo, sin castigármelo.

Voy a empezar a ser clara, como el agua, como los ojos de los niños, y voy a desaparecer cuando quiera desaparecer y a hacer mucho ruido cuando quiero hacer mucho ruido.

Voy a cuidar a quien quiero cuidar, porque he decidido no cuidar a todo el mundo. Y me voy a cuidar primero a mí para que los salmorejos me salgan de rechupete.

Y voy a quedarme con la intimidad que me brindo, con la imaginación que me pertenece, con esa parcela privada que es pa mi pa siempre y solo comparto con la gente a la que abrazo tres veces.

Voy a empezar a permitírmelo todo.

A rendirme a la vida.

A tenerme feliz.

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Me llamo Rae

Rae Earl es una joven británica con sobrepeso, que escribe un diario muy especial. My mad fat diary, lo llama. No es más (ni menos) que su válvula de escape, un sitio en el que dar rienda suelta a su sinceridad: depresión, imagen corporal, feminismo, amor, amistad, soledad, sexo, música… Todo tiene cabida entre sus páginas, para gusto del espectador.

02.05.2013

“A veces sólo me apetece acurrucarme y ver si alguien se da cuenta de que no estoy. Pero me doy cuenta de que el tiempo pasa volando y me entran ataques de paranoia. Termino harta de preocuparme de lo que la gente piense de mí, pero no puedo dejar de preguntármelo. ¿Me quieren? ¿Estará alguien pensando en mí en este momento? Lo dudo”

06.05.2013

“En cuanto eres un poco diferente, en cuanto tu cara no encaja, te juzgan, te encierran y lanzan muy lejos la maldita llave. Nunca se paran a pensar que están cometiendo un error, que tú no eres el error. No es que esté diciendo que soy víctima de ninguna injusticia tremenda –que no lo soy-, simplemente sé lo que es apestar antes de que cualquiera se moleste en conocerme. Resulta que estoy en la caja de los feos antes incluso de abrir la boca. La sociedad es una mierda”

06.05.2013 (un poco más tarde)

“Me señalan vaya donde vaya, TODOS me miran, es como si mi peso estuviese a su servicio, para que se rían y hablen de él. Estoy segura de que no lo harían si estuviese en una silla de ruedas, o si tuviese cicatrices horribles, pero no, si soy yo no pasa nada. Está claro, es culpa mía. Es auto-infligido. Soy yo, una vaga, dejada, gorda yo”

06.05.2013 (aún más tarde)

“No cambiará jamás aunque nadie quiera admitirlo: ser delgada y guapa es lo mejor que una mujer puede ser”

08.05.2013

“Mis deseos de adelgazar aumentan. Igual que mi apetito”

09.05.2013

“Cómo voy a animar a alguien si no puedo animarme ni a mí. No lo entiendo”

09.05.2013 (tras llorar un rato)

“…Necesito hacer algo para sentirme mejor CONMIGO misma. Incluso las cosas que permanecen intactas durante años y años pueden cambiar. Quizá yo también pueda. Puedo echar abajo estas paredes, dejar que la gente se me acerque”.

My Mad Fat Diary es una serie de televisión, lamentablemente poco conocida, que esconde interpretaciones brillantes y un acercamiento genuino a los problemas de imagen corporal, la falta de autoestima y los trastornos de alimentación. Su protagonista, Rae, transmite una fuerza inmensa que me gustaría compartir con todos los que estéis dispuestos a ver a una joven agotada pero que, en el fondo, se quiere. Nosotros también te queremos, Rae.

Os dejo con la traducción de este fragmento sobrecogedor, lleno de esperanza. A veces, la respuesta más sencilla es la acertada. Apiádate de ti, mereces que te quieran.

(A su terapeuta) – ¡Nunca me dices cómo parar, o cuándo!

  • Empezaré ahora, pues. Ni mañana, ni después del té, ahora mismo. Cierra los ojos (los cierra). Quiero que me digas qué es lo que no te gusta de ti misma, pero de verdad. No te enfades, no rebusques, dime la verdad.
  • Estoy gorda. Soy fea. Estropeo las cosas.
  • Intenta recordar desde cuándo te has sentido así.
  • No lo sé, desde que tenía 9 o 10 años.
  • Así que es una opinión que te formaste hace mucho tiempo. Abre los ojos (los abre). Quiero que te imagines que la versión de Rae de 10 años está en ese sofá, donde por primera vez pensó que era fea y gorda, una vergüenza. Quiero que te la imagines sentada ahí ahora (…) Dile a esa niña que está gorda.
  • No voy a hacerlo.
  • Dile que es fea, que es una vergüenza, una inútil que no vale para nada; porque eso es lo que te dices cada día, hasta que te convences de que eres una carga. ¿No crees que es fea? ¿O que está gorda?
  • No.
  • ¿Y horrible? ¿Inútil?
  • ¡Ya vale! ¡NO! ¿vale? No.
  • ¿Qué quieres decirle a esa niña? Si ella te dijese que es así como se siente, ¿Qué le dirías?
  • Que está bien, que es perfecta.
  • Pues eso es lo que tienes que decirte a ti cada vez que entres en pánico y te entre ansiedad. Tienes que mimarte como mimarías a esa niña, ¿vale? Tienes que decirte que todo va a ir bien. Si te comprometes a hacerlo, te prometo que podrás enfrentarte a lo que sea.
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