Un dia nuevo

Miraba a las mujeres a mi alrededor y en mis ojos parecían todas hermosas, delgadas, sílfides.
Vestida siempre en ropas sueltas, estaba intentando ocultar mi cuerpo. Me sentía muy
avergonzada. El número en la báscula se reducía constantemente, pero yo me veía gorda y fea.
Me escondía de los espejos. Tenía miedo de que un bocado me hiciera aún más fea. La
repugnancia hacia mí misma se reflejaba en todos los espejos, en todas las fotos. Mi aspecto me
daba miedo. El vacío que sentía en mi interior me estaba asustando. No había enojo, no había
tristeza, y sobre todo no había alegría.

La esperanza, el poder y la verdad que buscaba con furia por Internet y en las conversaciones con
mi psicólogo habitaban dentro de mí. No sé si primero creí en lo que había dentro de mí y luego
empecé a salir de este vórtice, o lo contrario. No me acuerdo. Pero recuerdo que estaba cansada
de tener miedo, estaba cansada de la soledad y el aislamiento, estaba cansada de verme
invisible. Estaba cansada de no sentirme.

Cada noche mi alma estaba nublada, cada noche durante muchas horas buscaba las respuestas
en las letras de los poetas y en las palabras de los héroes de las novelas que leía, me comparaba
con ellos. Creía que no merecía la felicidad, que no merecía la belleza. Pasaba varias horas
intentando llorar, pero era imposible. Y cuando salía la primera luz del día siguiente, cerraba los
ojos durante dos o tres horas.

El día siguiente, todos los días, era un día nuevo, era el día que iba a ser diferente. Por las
mañanas tenía la fuerza para recordar los hermosos momentos de mi vida.
Momentos y cosas que me hicieron sentir la felicidad y la paz. El mar, el abrazo de mi abuela, la
música de mi abuelo, mi primer viaje, mi baile …

En el fondo no quería morir, no quería ser una perdedora. Y un día, a través del silencio, salió una
voz que decía: “¡TU PUEDES Y LO MERECES!” Lucha por la luz, por el amor, por tu familia que
llora viéndote derritiéndote como una vela. La voz era baja, débil, pero poco a poco iba
haciéndose cada vez más fuerte, hasta que un día la escuché. A partir de ese día, las voces a su
alrededor se apagaron y esa voz se quedó sola gritando.

Era la esperanza que buscaba, era el poder que creía que no tenía, la verdad que había sido
distorsionada, pero sobre todo era la fe en el amor, la fe en mi fuerza, la fe en el sueño de que
puedo ser normal, la fe en que yo podía amarme, la fe en que me podía gustar…

Marilena

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