CONTRA LAS CUERDAS

Mi madre lo intentó todo. Como lo haría casi cualquier madre.

 

Durante toda mi vida, hasta hoy, tengo una certera imagen de mi madre como la más fiel protectora de mi salud, como buena enfermera que es, y la más dulce guardaespaldas de mis emociones, como mejor madre aún.

 

Uno de mis recuerdos más nítidos de esos difíciles años es el cruasán a la plancha de cada tarde. En aquella cafetería del centro. Mi madre, que ya había agotado incontables recursos para hacerme llevar el más mínimo bocado al estómago, se cruzaba toda la ciudad para que al menos comiera ese cruasán. Sabía que me encantaba y que solo podía sucumbir ante aquella tentación de hojaldre. Es cierto, por aquel entonces, lo que saboreaba mi paladar lo boicoteaba mi mente. Y por cada minúsculo trozo que me comía, planeaba cómo podía compensarlo. Quizá con más horas de aerobic al día siguiente o amargándole la cena a mi familia esa noche negándome a comer. De nuevo.

 

Meses – y años– de enorme buena voluntad por su parte y muchos cruasanes más tarde, mi madre se vio acorralada por una enfermedad de la que ya no podía protegerme. Ni siquiera ayudarme a salir de ese infierno por mucho amor y dedicación que invirtiera en cada intento. Y ella, que veía día a día mi deterioro, mi sufrimiento y mi férrea capacidad para destruirme a mí misma, tocó fondo. Y me puso contra las cuerdas. Por primera vez en mi vida fui consciente de lo que mi madre era capaz de hacer por mí y por sacarme a flote. Aunque en aquel doloroso momento la vi como mi mayor enemiga.

 

Era una tarde de lluvia intensa que parecía presagiar la tormenta que se avecinaba dentro de aquel coche. Mi madre, al final de una discusión sin precedentes y sintiendo toda la impotencia acumulada de tantos fracasos, hizo una maleta con mi ropa y me ordenó que me subiera al coche. Creo que fue el trayecto más duro para ambas de los cientos que hemos hecho juntas. Incluso puedo entender ahora que fue mucho más difícil para ella que para mí. Cuando llegamos a la puerta de aquel hospital supe de golpe que con mi madre se habían acabado las treguas, las confianzas y las largas y bienintencionadas conversaciones. Ya no sería por las buenas. Yo ya no puedo más. Ya no puedo ayudarte. Estoy agotada y este era el último recurso. Pero aquí estamos. Te quedarás aquí el tiempo que haga falta y que te devuelvan a casa cuando estés bien. Se acabó el juego.

 

Mis gritos y mis llantos se oían en todo el aparcamiento del hospital. Le rogaba a mi madre una y otra vez que no renunciara a mí, que no me dejara allí, que no podía hacerme eso, que haría todo lo que ella me pidiera, pero que no me abandonara. Ahora sé que fue el acto más complicado para ella, pero el más acertado para mí. Me hizo prometer muchas cosas. Me impuso un sinfín de condiciones. Me aseguró que era mi última oportunidad antes de ingresarme en aquel centro. Y me llevó de vuelta a casa. Ese mismo día buscamos ayuda en la mejor terapeuta y se vigilaron día y noche todos mis movimientos. Dejé la universidad por unos meses y me dediqué exclusivamente a rellenar el espacio entre mis huesos y a engordar mi frágil autoestima.

 

Y ahora, en carne y hueso y con más autoestima de la que jamás podría imaginar en aquellos años, solo puedo mirar a mi madre a los ojos y decirle Gracias por estar. Siempre.

 

Ainara

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