No eres tu. Soy yo.

Se lamenta Bebe en su canción Sinsentido:

“Ay, cuerpo,

cuerpecito mío,

qué caña te he metío

en estos años

de caminos perdidos”

Ese cuerpecito mío. Fiel. Que me sigue. Que me acompaña. Que me acepta. Que me quiere y me aguanta a partes iguales. Ese cuerpecito mío que me habla sin esperar respuesta. Ansioso monologuista ante una audiencia que no escucha: Mi mente. Que solo piensa. Porque es lo único que sabe hacer. Lo único que no puede dejar de hacer. Que va por libre. Aunque su supuesta libertad esté encerrada entre paredes con barrotes. Que cree saberlo todo. Y no sabe nada. Nada sobre lo que está bien y lo que está mal. Nada sobre las causas. Y mucho menos sobre las consecuencias. Nada.

Y mi cuerpo se va haciendo pequeño, más pequeño, débil, frágil, consumido, pero entregado y leal. Mientras mi mente, ciega, sorda, muda, cerrada, infranqueable, se cree grande, fuerte, inconmensurable, inalcanzable, invencible.

Relación tóxica de un amor tan infinito como condicional. De palabras bonitas frente al espejo y violentas decisiones frente a un plato de comida.

Porque sabes que te quiero. Te quiero.

Te quiero convencer.

Te quiero cambiar.

Te quiero dominar.

Te quiero si eres como yo quiero quererte.

Y el cuerpo mata por huir de mí y va muriendo porque se queda conmigo.

 

Mi mente ordena, mi cuerpo obedece. Mi mente tiene la razón. Mi cuerpo asiente, siente y padece. Mi mente grita, mi cuerpo agacha la cabeza. Mi mente maltrata, mi cuerpo resiste.

 

Hasta que ya no puede más.

 

Y mi mente despierta con el portazo del cuerpo al salir. “Ya no me puedes engañar”.

Y habla esperando respuesta. Ansiosa monologuista sin audiencia. Y se asusta. Y llora. Y sufre. Y pide perdón. Y grita. “Vuelve. No eres tú. Soy yo”.

Y consciente de la pérdida, de la ausencia, de la necesidad, de la dependencia, mi mente promete.

Cuerpecito mío. Prometo que te voy a cuidar. Que te voy a mimar. Que te voy a respetar. Como eres. Como seas. Porque solo te tengo a ti. Porque solo te quiero a ti. Porque los dos, tú y yo, somos uno.

 

Y me voy. Con mi mente. Con mi cuerpo. Conmigo. Me voy donde me acepte como soy. Me voy donde me quiera como soy. Me voy donde me respete como soy.

 

Y, de nuevo, Bebe.

“Me voy,

porque total,

pa’ qué quedarme,

si tomar mi propia decisión es casi la única libertad real

que me queda.”

 

Y decido pedir perdón. Y perdonarme.

Y decido escapar. Y ser libre.

Y decido cambiar. Y ser yo.

Ser la diferencia que nadie aceptó.

Ser la fuerza que nadie vio.

Ser la pareja perfecta en la que nadie creyó.

Ser la que yo quiero ser y que ni yo misma respeté.

 

Ser. Estar.

Y quedarme.

 

Ainara.

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