Afganistán, la aniquilación de la música ( Música en Afganistan hasta el 2001: el impacto de la guerra)

Este texto pretende ser un ataque contra el fenómeno histórico más despreciable de la naturaleza humana: la guerra. Afganistán ha sido y es una víctima de esta vergüenza de la humanidad y todo un pueblo ha sido víctima de la sed destructiva de unos cuantos grupos de guerreros. La música, como expresión de la vida de las personas y los pueblos puede mostrarnos cómo un país puede tener un antes y un después, como toda su riqueza puede ser de golpe aniquilada, con difícil vuelta atrás.

Daud Khan. Foto: Javier González
Daud Khan. Foto: Javier González

El Rubab de Efrén López

En el año 2003, dos años después del 11 de septiembre, el músico valenciano Efren López me pidió un favor personal: que le comprara un rubab en Kabul, el instrumento de cuerda más identitario de Afganistán. En 2002 yo ya había estado en los caóticos mercados para comprar casetes, las primeras joyas musicales que se podían encontrar tras la caída de los talibanes. Un año antes era un acto de delincuencia el simple hecho de escucharlos. Los luthiers hacía años que habían huido del país, por lo que en un momento tan prematuro, fue una odisea encontrar un lugar donde vendieran instrumentos musicales. En medio de un barrio periférico de Kabul rodeado de edificios destrozados y llenos de metralla de guerra, me encontraba ante un hombre elegante de barba blanca afinando las cuerdas, un milagro en un país literalmente destruido. Efrén recibió el instrumento absolutamente alucinado, pero quizás dimensionaba del todo que aquello era casi un milagro en medio de un ambiente de posguerra. De una guerra donde todo se había destruido y prohibido hasta el absurdo, donde las crueldades más inimaginables se habían realizado por criminales de fuera y de dentro del país.

Cuando se leen las emotivas crónicas de viajeras de los años 30 como Ella Maillart (La via cruel) o de los años 70 como Ana Briongos (Un invierno en Kandahar), y cuando se escuchan las grabaciones de campo y los escritos musicales de etnomusicólogos especializados en Afganistán como John Baily, Veronica Doubleday o Mark Slobin en los 60 descubrimos un país hospitalario, tradicional y seguro para viajar. Uno no puede ni imaginarse que el país se convertiría en el epicentro de la guerra y de los intereses geoestratégicos que le llevarían a su aniquilación. Este artículo parte de la idea de cómo se puede aniquilar un país a partir de la guerra para convertirlo en una pesadilla de lo que era. La música es un perfecto pretexto para ver la vitalidad del país antes de estallar el conflicto.

Viajes hacia la cultura popular

En 2003 fui como cooperante a Now Bloque, un pueblo rural ubicado en el norte del país, una región turkmena montañosa y fría, llena de chatarra bélica. Había sido núcleo de resistencia contra los soviéticos en los 80 y después había sido marginalizada y atacada por los talibanes ya que sus habitantes eran de etnia hazara, un grupo étnico de ascendencia mongol y mezcla turkmena que odiaban (eran shiítas y no suníes como ellos). Era un pueblo completamente empobrecido, sin médicos ni escuelas, con una dieta basada en el consumo de patatas, y con esclavismo laboral e infantil como única fuente de ingresos, tejiendo alfombras. Pedí si podía escuchar algún músico local y les costó mucho encontrar un tocador de tuiduk (una larga flauta turkmenos). Nos regaló una melodía larga, repetitiva, una especie de mantra interminable, e intenso a pesar del poco virtuosismo del músico.

La música popular había sido una manifestación artística muy presente en los diversos momentos de su vida social. La guerra aniquiló la vida social y las manifestaciones musicales. Now Bloque, por ejemplo, había casi desaparecido cuando los habitantes se refugiaron en Pakistán. Uno de los recopilatorios más fascinantes, el “Afghanistan Untouched” (editado por “Traditional crossroads”) contiene las grabaciones de campo de Mark Slobin a lo largo de todo un período de paz de 1967 a 1972, un momento en que el país se dirigía hacia una modernización relativa y era bueno fijar las fuentes de las tradiciones. Este viaje musical es actualmente inimaginable. Él mismo escribe en el CD: “Antes de que las tierras fueran aplastadas, su gente dispersada y su música silenciada por el caos, Afganistán desbordaba de tesoros musicales…”.

Encrucijada de culturas

La música de tradición oral afgana es la de un país que es una cruzada de culturas, a veces en convivencia, a veces en conflicto. Por un lado están las culturas vinculadas a las repúblicas centroasiáticas, sobre todo la uzbeca y la tayica, que comparten el uso del instrumento de cuerda del tanbur (aunque con diferente tonalidad). También están los turcmenos, provenientes de migraciones soviéticas en los años 20 y adaptados a la cultura musical de los anteriores, o los kazajos de tradiciones musicales muy propias sin relación con el resto. También están los hazaras musicalmente vinculados a los anteriores.

La etnia mayoritaria en Afganistán son los pashtun que están conectados a las áreas tribales de Pakistán, una frontera impenetrable y ambigua. Tienen un sentimiento identitario muy fuerte. A pesar de ser profundamente patriarcales tienen una expresión poética y musical sorprendente, los landai, poemas cortísimos y metafóricos que expresan sentimientos de amor, de pérdida, de amor hacia la naturaleza etc. Al parecer la mayoría de landai son compuestos por mujeres y, además de temas del ámbito doméstico o de la tristeza por el exilio o la pérdida del marido en la guerra, algunos tienen un contenido altamente erótico. Un ejemplo que encontramos en el libro “El suicidio y el canto” en Ediciones del Oriente y del Mediterraneo es este: “De buen grado tiene daría mi boca, pero ¿para qué remover mi cántaro? Ya estoy toda mojada.”

Música para hombres y para mujeres

La música en Afganistán se desarrolla sobre todo en el ámbito privado, aunque sea practicada en ocasiones de vida social. Los músicos tienen prestigio por su función social, pero también un cierto anonimato ya que el trasfondo de conservadurismo religioso musulmán les lleva a la discrecionalidad. Slobin dice que el músico es transmisor de pasión y por eso se le tacha de ausheq (portador de pasión o Souq, de una manera similar a los sufíes) o de diwana (loco). Esto mismo ocurría con las danzas, muy apreciadas en el ámbito doméstico o en fiestas privadas pero a menudo mal vistas en el espacio público.

En la vida pública las expresiones musicales de la música afgana son sobre todo masculinas. Uno de los lugares de encuentro más representativos son las “casas de té” (chaihanas), espacios muy vivos a veces censurados por los “guardianes de la virtud”. Allí se desarrollan tradiciones musicales diversas como los poemas épicos acompañados del tanbur, el glichak o las flautas locales, o incluso el rubab, cordófono usado en la música culta.

Las fiestas son una ocasión especial para la música, en especial las bodas. En Kabul, tras la caída de los talibanes, la ciudad estaba prácticamente en ruinas. Los primeros edificios nuevos o restaurados que aparecieron eran las casas lujosas y kitsch de los señores de la guerra o las enormes salas de bodas. En Afganistán las bodas y los sistemas de dote son el sistema familiar en sí mismo. Y el origen de las bodas convenidas como sistema de negociación entre familias que forman parte del sistema social. Cuando reina la impunidad legal, como ha ocurrido en los años de guerra, se extreman las prácticas de matrimonios prematuros con casos hasta de bodas de niñas de 8 años.

En las bodas la segregación entre sexos es estricta. Las bodas masculinas, al ser más accesibles, están más estudiadas. Por ejemplo en el área de Kabul los grupos de músicos profesionales tocan instrumentos de origen indio como la tabla (membranófono) y rubab. Las bodas son el gran momento expansivo de la vida de las mujeres y ha podido ser estudiado y registrado en la zona de Herat por la etnomusicóloga Veronica Doubleday (con CDs como “Female musicians of Herat” publicado por la Unesco o libros como “Three women of Herat”). La Doubleday recoge testimonios de mujeres profesionales, las golpasand, que hacen una música muy rítmica con daireh, un gran pandero, o instrumentos de origen indio como el harmonium (especie de acordeón) o la tabla donde las mujeres danzan energética y sensualmente. Grabó varias golpasand como la Zainab Herawi, cantante de gran calidad que después grabó para Radio Kabul y que actualmente ha asesorado grupos como el Ensemble Bakhtar. En estas grabaciones se hacen patentes temas del canto de mujeres como las relaciones familiares, la maternidad, el amor pasional, los temas personales, los temas espirituales… Un ejemplo es este: “Cuando yo te veo, mi corazón late y mis labios ríen. Dicen que renuncie a mi amor. ¿Cómo podría renunciar a ti? Moriría.”

Música culta

Las tradiciones cultas en Afganistán, denominadas “Klasik”, tienen fuertes lazos con las tradiciones hindustàniques de la India, incluyendo los patrones melódicos de la raga y los rítmicos de la tala. Las ragas afganas, sin embargo, tienen muchas más variaciones rítmicas. Esta influencia india afecta hasta todo en la zona oeste de Herat, especialmente cuando en los años 30 adopta el estilo de Kabul. Herat había sido un epicentro cultural de cultura persa, pero que estaba en lentísima decadencia desde el siglo XV. En Afganistán también se desarrollan los géneros vocales, especialmente los ghazal vinculados con Pakistán y el norte de la India.

El instrumento nacional afgano es el rubab, el llamado “león de los instrumentos”, un cordófono tan relevante que aunque habitualmente la música india ha influido en la afgana, en este caso ha sido el rubab que ha influido la creación de un instrumento muy importante para la música india, el sarod. Es un instrumento solista o de acompañamiento, que tiene una caja de madera de dos cuartos, mástil corto, con multitud de cuerdas simpáticas y que empieza a tocarse el siglo XVIII. Algunos de los grandes maestros o “Ustad” (palabra árabe-persa que significa maestro) son Daoud Khan (maestro de la Efrén López), Mohammed Omar, Sardar Mado, Essa Kassemi, o Mohamed Rahim Khushnawaz. A este último tuvimos la suerte de verlo tocar en Barcelona en diciembre de 2001, en plena invasión de Estados Unidos en Afganistán. Él pertenecía a una familia de Herat de músicos profesionales a lo largo de varias generaciones. Su padre había favorecido la introducción del estilo kabulí en la provincia, influido por el sistema de la raga india. En Herat tocaba con Gada Mohamed, músico de otra adscripción social, ya que era amateur que había aprendido a tocar por observación el dutar (cordófono creado en 1965 en el contexto de Radio Kabul). Gada se refugió durante la guerra civil en Irán, y el ustad Rahim se quedó en Herat.

Lady Parwin

“Yo fui la primera mujer cantante en la radio, a principios de los años 50, y me decían Lady Parwin. En aquella época cantábamos temas indios o música local tradicional, pero fue en Radio Afghanistan que se empezó a introducir el jazz. Las mujeres de todos los orígenes nos apoyábamos a pesar de la discriminación que había entre las etnias. Yo, por ejemplo, cantaba en todas las lenguas del país. Los mullahs no nos podían restringir como hacen ahora ya que no tenían el mismo poder. En el período soviético pudimos desarrollar nuestras carreras hasta que llegó la guerra y las luchas sangrientas nos obligaron a marchar a refugiarnos a Peshawar, en Pakistán. Nosotros vivíamos en Kabul en el barrio donde vivían muchos artistas, que fue objetivo de muchos ataques. Marchamos tan rápido que ahora no tengo nada de aquella época, ni siquiera mis fotos.”

En 2003 visité una de las grandes estrellas de la música afgana, una mujer aún recordada por mucha gente, Lady Parwin. Tenía origen aristocrático pero ahora vivía en Kabul en un edificio destrozado de un barrio que había sido bombardeado, de vuelta de su período como refugiada. Era muy vieja y muy pobre, y había perdido todo lo que tenía, hasta los recuerdos de cuando había sido una famosa estrella. Pero el peso más grande era haber perdido el estatus y la libertad que había tenido. Ella mantenía su dignidad. Incluso fumaba. Pero el país era sólo una sombra de lo que había sido.

Radio Kabul

En este contexto cultural afgano Radio Kabul (nacida en 1925 y destruida en 1928) que luego fue Radio Afghanistan (nacida en 1940 gracias al apoyo alemán) suponía un giro copernicano para la música afgana aportando dos cambios cruciales: las mujeres pasaban a participar en el ámbito público, y además como estrellas famosas, y la diversidad étnica del país participaba en un mismo nivel, o en fusión interétnica.

Mark Slobin apunta que la radio fue uno de los factores unificadores claves en un país marcado por la fragmentación étnica, lingüística, urbana, rural… La radio reducía espacios ya que llegaba a todas partes y hablaba de unos valores de una modernidad muy adaptada al país. Además recogía músicas de artistas folclóricos respetando sus orígenes (como un excelente músico popular de cordófonos, Baba Naím), también creó una orquesta propia con una gran actividad, o llevó músicas de países como India, Pakistán, Irán, Tajikistan. Radio Afghanistan fue una escuela en un contexto donde la música no estaba en el currículum escolar. De ella salieron otras grandes estrellas como Ahmed Zahir, fenómeno de masas y que usaba elementos musicales modernos (órgano eléctrico, guitarra eléctrica, trompeta) o Ustad Mahwash, todavía viva y una de las pocas mujeres que recibió la categoría de ustad.

Afganistán, pues, era un país con unas tradiciones populares definidas, con una tradición y unos instrumentos nacionales, y hasta con un fenómeno de música moderna de masas y mujeres divas… Pero el peor parásito y la peor vergüenza de la humanidad aniquiló un país, una cultura, un pueblo y sus personas: la guerra.

Censura

Mónica Bernabé, destacada por su trabajo periodístico en defensa de los derechos humanos (con galardones como el “Premio Julio Anguita Parrado” o el “Premio Proteus”) entró en el país el periodo talibán y nos dejó el año 2000 uno de los pocos testigos en nuestro país de los efectos de los talibanes en la música: “los talibanes controlan el 90% del país bajo un régimen de terror. Están prohibidas las fotografías, la televisión y la música. Yendo hacia Kabul, en la carretera, hay cintas de vídeo y casete destrozadas y colgadas sobre postes de madera. La imagen es surrealista.” Publicó en El Punt su experiencia entrando en el país en pleno período talibán con uno de los pocos visados de turista que se debían haber emitido en aquella época.

Los talibanes no fueron los únicos, y quizás ni los más destructores, ya que 30 años de guerra con armas, torturas, violaciones y prohibiciones de todo tipo tenían muchos responsables, y muchos de ellos ocupan puestos en el poder avalados internacionalmente. La cantante Parwin no debió marchar por los talibanes sino por los asesinos que destruyeron Kabul y que actualmente forman parte de la estructura política (como Dostum) o alzados como héroes nacionales (como Masud).

El etnomusicólogo John Baily ha hecho para la asociación Freemuse (en defensa de los derechos de expresión musical) el informe “¿Puedes detener el canto de los pájaros?” (“Can you stop the birds singing?” Descargable desde su web) imprescindible sobre la censura en la música de Afganistán. Baily nos informa de las visitas que hizo en los años 80 a los campos de refugiados de Irán, donde la música era altamente restringida y censurada por las políticas del régimen censor del Ayatollah Jomeini (muy en especial durante el período de la guerra entre Irán y Irak). Los campos de refugiados de Pakistán, cerrados en sí mismos y con poco contacto con las ciudades, estaban controladísimos por mujaidines (guerreros del Islam) que estaban batallando contra los soviéticos y que a menudo provenían de las zonas fronterizas donde había una sociedad tribal ultraconservadora. Estos presionaban para censurar la música especialmente en directo (de entrada prohibían la amplificación) y a veces también los casetes o la radio. Esta presión de los mujaidines sobre las expresiones musicales era aún más fuerte cuando se fueron los soviéticos en 1989, ya que los señores de la guerra que crecieron iniciaron una cruel guerra entre ellos que tomó la sociedad civil como campo de batalla, con una guerra abierta que especialmente en Kabul afectó totalmente y, como nos explicaba la Parwin, especialmente del barrio donde ella vivía.

En la ciudad de Herat dominada por el señor de la guerra Ismail Khan, por ejemplo, Baily nos habla de la creación de la “Oficina para la propagación de la Virtud y la prevención del vicio”. Se ordenó varios edictos que, sin llegar al extremo de los talibanes, eran un preludio. Controlaban la vida civil y limitaban la música de danza o de temas de amor, también la música amplificada y prohibían a las mujeres ser profesionales de la música. A los hombres no se les prohibió pero la vigilancia de la policía religiosa era muy fuerte.

Talibanes

“Prohibir la música … En tiendas, hoteles, vehículos y rickshaws los casets y la música están prohibidos … Si se encuentra un casete de música en una tienda, se pondrá en la cárcel el tendero y se cerrara la tienda … Si se encuentra un casete en un vehículo, el vehículo y el conductor serán encarcelados … Se prohíbe la música en bailes y bodas. En caso de violación el cabeza de familia será arrestado y castigado.”(Edictos talibanes después de 1996 recogidos por Ahmed Rashid).

Los talibanes lo llevaron al extremo. Su aparición súbita ocurre en un contexto de pérdida de crédito de los mujaidines, en una guerra interminable y despiadada entre los que habían defendido el país contra la invasión soviética. En las zonas pashtunes, una cultura ya de por sí conservadora, los mullahs más ultraconservadores se organizan para “poner orden” en un país en caos con una ideología que lee el Islam de forma sesgada, única y simplista inspirada en la corriente pakistaní deobandi. Es decir los talibanes mezclan los aspectos más conservadores de la cultura pashtun y de determinadas interpretaciones del Islam, sin que realmente representaran ni la sociedad pashtun ni la religión musulmana. La cultura popular pashtun es plural y rica y los edictos talibanes la destruye de raíz. No sólo eso sino que se cargan la existencia del oyente en sí. Además ataca una parte de la tradición islámica muy arraigada en Afganistán, la sufí, interpretación del Islam que ha sido pero el caballo de batalla de muchos movimientos ultraconservadores del Islam.

Epílogo

La situación posterior a la caída de los talibanes es extremadamente compleja y fuera del alcance de este artículo. Al fenómeno de masas de la música comercial india (sobre todo el Bollywood) se le suma la reactivación de artistas como Farhad Darya o Naghma vinculados a la última época de Radio Afganistán, o el nacimiento de otros artistas de ancho resonancia como Shafiq Moreda, Amir Jan Saburo o Takhar Shobab & Sidiqi Shobab, incluso el hip hop de raperos como Dj Beshir. Pero el trasfondo sigue siendo el de acoso y censura tanto gubernamental como de la insurgencia vinculada a los talibanes.

Todo Afganistán ha sido la víctima de unos intereses geoestratégicos y la música es la imagen de cómo la política puede aniquilar la vida de las personas, puede aniquilar la justicia y la dignidad de un pueblo. Los afganos y las afganas nunca han merecido ser víctimas de este vergonzoso juego de ajedrez del que todos y todas somos un poco responsables.

Nota: este artículo fue publicado en catalán en la revista Caramella.

Articulo publicado originalmente en El Inconformista Digital

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