VACUNA

Queridísima yo:

 

Ya sabes de qué va esto. Sí, lo de la desescalada. La gente allá afuera anda liada con lo que se puede hacer y lo que no, o cuándo pasamos de una fase a la siguiente. Pero tú ya te las sabes. Todas. ¿Te acuerdas? Lo fácil que es entrar y lo difícil que es salir.

Tú hacías tu vida normal, como cualquier niña, en el colegio, algunas solo compañeras, otras amigas. Empezabais a salir los sábados, al cine y a comer una hamburguesa en el centro. Eras alegre y despreocupada. Te apasionaban las matemáticas y la lengua, el pescado y el chocolate. Cuántas contradicciones. Supongo que era tu insaciable curiosidad. Terminaste con sobresalientes. No fue tan complicado, eras lista, perfeccionista y te encantaba estudiar, saber. El instituto estaría chupado. 

No fue el primer día. Tampoco el primer mes. Fue escalonado. Al principio unos pocos. Qué importa, son aislados. Y enseguida aparecieron más casos, unos contagiaban a otros y la mayoría acabó por unirse a las risas, a las burlas. Todo fue muy rápido. Para entonces se acercaba la primavera, principios de marzo. La vulnerabilidad y el miedo crecían. Mejor quedarse en casa, salir para lo imprescindible, para protegerte de aquel virus aún sin nombre. No estabas preparada para ello, con tantas dolencias previas: la sobreprotección, la ingenuidad, la fragilidad. Caíste enferma, en tu habitación, sin los conocimientos necesarios para combatir los primeros síntomas. Ni tú supiste reconocerlos, mucho menos el resto. Y la enfermedad fue invadiéndolo todo. Desconocida e incontrolable. La única opción fue confinarte en ti misma, refugiarte del mundo exterior, ajeno y latente, que seguía girando y cumpliendo años. Cuando te cansaste de esperar la vacuna, decidiste crearla. Y pediste ayuda. Primero a tu entorno: «No puedo salir sola». Después a especialistas: «¿Cómo se hace lo de regresar ahí fuera?

Fase cero: El paseo cada tarde junto a mamá, tu protectora, tu confidente. Antes o después de tu terapia, con cita previa semanal, o de ir al supermercado. 

Fase uno: La merienda en una cafetería del centro, ese pequeño placer cotidiano. La vuelta a la vida normal, que casi tenías olvidada, va tomando forma de croissant con mantequilla. Las reuniones familiares cambian. Volvéis a veros, veros de verdad, sin vigilancia, sin discusiones. El júbilo regresa lentamente a la hora de comer; ya no devoras la comida como antes, en aquella otra vida, pero empiezas a disfrutar de los sabores, de la compañía. La soledad va desapareciendo por las rendijas de la persiana cuando te vas a dormir.

Fase dos: Llamas a tus amigas. Compruebas que siguen ahí, al otro lado del teléfono: «Nos vemos el sábado. Por fin» Quieres comprarte ropa nueva y lo haces con precaución, no sabes cuál es tu talla. Ni siquiera tu estilo. Pruebas, eliges, reinventas. Te gusta lo que ves en el espejo del probador. No recordabas esa sensación.

Fase tres: No viene mucha gente a tu fiesta de despedida, tan solo las íntimas: «Disfruta mucho, aprovecha esta oportunidad. Y avísanos cuando vuelvas por navidad.» Te dan el alta, estás curada. Te vas a estudiar a otra provincia, tan lejos como para descubrir quién eres, tan cerca como para no olvidar lo que fuiste. 

Y aquí estoy, escribiéndote desde ahí, desde esa nueva vida que ya es vieja, que ya es tuya. La que iniciaste tú solita hace tantos años con aquella fase cero. Valiente y decidida, te inmunizaste contra aquel virus, contra otros que fueron llegando. Con fuerza, con coraje y con amor propio, esa vacuna que te hizo grande, que te hizo otra. Y estoy orgullosa de ti. De mí.

 

Con amor, 

Ainara. 

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