RECUERDOS DE OTRA YO.

Nunca tuve una Barbie. Tampoco mis hermanas mayores. Las habitaciones de la casa de mi infancia estaban custodiadas por una Nancy apostada en cada esquina y Barriguitas en las estanterías. Negras, rubias, morenas y hasta asiáticas. Parece que de niñas jugábamos con la diversidad y los cuerpos imperfectos, sin saber lo poco que nos duraría la inocencia. Aún tengo alguna Nancy relegada a algún rincón junto a la cama donde crecí.

Hace unos días, visité a mi familia. En la tradicional comida del domingo, esa que celebran sin mí muchas semanas, sentí un largo instante de felicidad profunda. De esos momentos, tan escasos como difíciles de olvidar, en los que estás donde y con quien quieres estar y eres quien quieres ser. Tengo una familia grande, bonita. Con sobrin@s acariciando la adolescencia y herman@s y cuñad@s tan diferentes entre sí que garantizan las risas y también los debates. En medio de un cruce de conversaciones, entre los sonidos sordos de las copas y los cubiertos y el quién quiere más paella, recordé las incontables cenas en familia de mi infancia. Como ahora, sin televisión, con diálogo. Compartiendo intereses, opiniones y los platos saludables y completos de mi madre.

Los sábados y los domingos por la mañana mis padres iban a comprar el pan, y hacían acopio de palomitas y otros dulces. Después de comer, ayudábamos a recoger la mesa y corríamos al sofá a coger el mejor sitio. A las cuatro en punto empezaba la película de sobremesa, siempre familiar –para todos los públicos–, en el único canal de televisión posible. Entonces mi madre entraba en el salón con dos grandes recipientes de palomitas y bolsas de chucherías que desataban el alboroto, la competición a veces, justo cuando aparecía el título. Nunca pudimos escuchar las primeras escenas. ¡Silencio, que ya empezó la película!

Como en las mejores familias, mi hermana y yo nos peleábamos por el chocolate que traía mi abuela cada martes y jueves. Con mi hermano, poco más pequeño que yo, hacíamos cabañas en los árboles del jardín, con viejas mantas y cajas de cartón destinadas a desaparecer en el camión de la basura la noche siguiente. Dos días por semana, mi madre nos recogía del colegio y nos dejaba en casa de mi abuela. A las siete de la tarde, después de merendar haciendo los deberes en la mesa de su pequeña cocina, nos llevaba al Palacio de deportes cercano. Mi hermano a karate, yo a patinaje.

Tenía la mejor letra de toda la clase. Por eso siempre me pedían que escribiese las cartas y las notas. Letra clara, redonda, transparente. Me dejaba querer por mis compañeras, admirada a veces por mi arriesgada forma de utilizar los columpios del patio. Era buena saltando a la comba y a la goma, aunque el bádminton o el baloncesto nunca fueron mi fuerte. La clase de gimnasia no acababa de convencerme. Siempre preferí los libros.

Tuve la mejor infancia, mejor que muchas personas que conozco. Alegre, desenfadada y sin dramas. Sin complejos. Quizá sobreprotegida del mundo que seguía girando allá fuera. Y que yo no conocía. Una realidad que me golpeó en el instituto, con apenas 14 años. Era una niña risueña, despreocupada, inocente. No fuerte. Ni luchadora. Nunca me había hecho falta. Los embistes fueron rápidos, crueles e inesperados. Y no supe defenderme. Desplegué una coraza que me sumió en una enfermedad, igual de cruel. Inesperada, también. Para mí, para mi gente. La misma gente que estuvo ahí para rescatarme, para ayudarme, para sacarme del letargo invernal en que se convirtió mi vida durante los años siguientes. Y es que no hubiera podido hacerlo sin ell@s. Lo único que tuve que hacer yo fue aceptar que no era yo, que no podía hacerlo sola. Y pedir ayuda. Aún hoy, sigo agradeciendo cada día haberme convertido en quien soy. Por ell@s.

Ainara

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