PARA SIEMPRE.

Escribo estas líneas desde la casa de mi madre. De mis padres hasta hace poco más de un año. Cuando mi padre se fue, devino el más oscuro momento desde aquellos años, lejanos ya, en los que yo misma me sentía huérfana de todo y de todos –incomprendida, aislada, excluida del mundo que me rodeaba. En las lecciones más duras que me ha dado la vida –comprendí con el tiempo que son lecciones y no infortunios gratuitos, observando qué debía aprender sobre mí en cada jugada– he temido por mi punto débil. Desde mi enfermedad, y como recordatorio perenne de aquella experiencia, siempre ha sido mi relación con la comida. También mi estómago, en el que siento los nervios, la duda, la angustia. Y el hambre de cariño o aceptación que mi vulnerabilidad, como la de cualquiera, padece cuando las cosas se tornan difíciles.

Sin duda, quien sea ex afectada sabe de lo que hablo. Porque cuando eres “ex” siempre queda la tentación de volver a caer. Un trastorno de la alimentación convive contigo para siempre, obligándote a estar alerta cuando acontece un mal día o alguna adversidad, siquiera la incertidumbre o el riesgo que conlleva algún cambio importante en la trayectoria vital. Hemos de lidiar con las garras acechantes de un trastorno que el ego solo mantendrá dormido en la mente mientras nosotr@s sigamos aprendiendo a actuar desde el amor, principalmente desde el amor por nosotr@s mism@s. Y amarse no es nada fácil cuando encuentras pruebas vitales en el camino como una ruptura sentimental, la pérdida de alguien cercano o una crisis existencial.

Hace unos años regresé a casa después de 15 meses viajando sola por el mundo. Una aventura que me inundó de felicidad, engordando el amor por mí y por los demás, la tolerancia y el conocimiento de otras culturas. A la vuelta, con mis 12 kilos de gozo, me puse en manos de un nutricionista para volver a mi tamaño natural. No se me ocurrió hacerlo sin supervisión porque conozco y reconozco mi tendencia a irme al otro extremo. Un tiempo después se rompió mi relación de pareja, haciendo añicos el proyecto que teníamos de formar una familia. En aquella ocasión tuve que echar mano de mi pasión por viajar huyendo de una mente controladora que insistía en mantener vacío el estómago y el corazón. El pasado año, cuando perdí a mi querido padre, corrí a los brazos de mis amigas buscando el consuelo y el plato de comida sana que su amor y su cuidado me ponían sobre la mesa a diario.

Y así, una va sorteando los agujeros que se abren al paso, mientras trata de caminar con la cabeza alta y los pies en la tierra, sabiendo que lo importante no es pasar los exámenes de la carrera de la vida, sino vivirla consciente y plenamente. Solo así podremos anticiparnos a nuestra propia mente en su oscura intención de hacernos perder la cabeza por algo que, claramente, no merece la pena: dejar de disfrutar lo bello que es vivir. En los buenos momentos, también en los oscuros.

Ainara

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