MIRARSE.

Los pechos, apenas emergentes, refulgían bajo la luz amarilla del baño. Apenas daban sombra a recoveco alguno. La piel del abdomen, tan tersa, se replegaba sobre sí misma a la altura de la cintura cuando se quitaba los calcetines. Las caderas, aún estrechas, negaban una forma convexa al pantalón del pijama, a ambos lados. Las piernas, largas y nervudas, van perdiendo el músculo que las sostiene, quedando la estrechez de su perímetro. Los tobillos, de tan finos, parece que se quiebren dejando el cuerpo adolescente al abrigo de la gravedad. Las costillas, a la vista y al tacto, podrían sumarse una a una bajo la fina piel transparente.

El ritual.

“No puede ser que hoy tenga esta barriga, quizá sea la regla, que me viene antes. Y está dura, ¿ves? Está más dura. Sí, es la regla. No, no puedo llevar estos vaqueros, se me notará. Tengo esos pantalones de tiro alto que me ciñen la tripa. Pero mira estos pechos, siguen ahí, inexistentes, no se le pueden llamar pechos a esto. ¿Y si me quedan así para siempre? ¿Por qué no puedo tener las tetas de mi madre? No sé si hay ejercicios para eso. El otro día Clara me dijo que tener un buen escote era lo mejor para ligar, que todos se quedaban mirando el suyo y les veía babear. Vale, sí, yo tengo un buen culo, pero yo no puedo ver quién me mira el culo. A veces me doy la vuelta para ver si me lo miran. Los muslos han perdido su forma desde después del verano y están blandengues. Mira, parecen globos desinflándose. Tengo que volver a entrenar. Y los pelos. Mi madre no me quiere pagar el láser, dice que es muy caro y que aún no tengo edad. ¿Los catorce no es edad? Depende de para qué. Y depende de la madre. Porque Marga ya se lo hizo el invierno pasado. Y va y me dice que me cambiaba el no tener ni un pelo por estar como yo de delgada. Sí, sí, delgada. Lo que pasa es que yo sé vestirme para que no se me noten las lorzas. Y nunca me ha visto así, desnuda.”

Y la reflexión.

Me niego a aceptar que son “cosas de crías”, que es en lo que piensan las adolescentes, que se les va a pasar cuando maduren. Porque yo también pasé por eso. Y sí, maduré –lo que pude–, pero después de años enferma. También estaba tan delgada que me rompía con un soplo. Y seguía viéndome gorda. También me miré al espejo señalándome y rechazando cada parte de mi cuerpo –por grande, por menuda, por blanda, por peluda, por exceso, por carente. Por diferente. Comparándome, juzgándome, despreciándome. Por mi cuerpo. Solo por mi cuerpo. Durante muchos años me subyugué a esta sociedad perfeccionista y cruel que fuerza a las personas a seguir la norma. Como necias. Pero ¿la norma de quién? ¿De alguien más importante que nosotras mismas? La realidad es que sí. Que lo de fuera siempre es más importante que lo de dentro. Porque cada vez más vemos solo el escaparate sin mirar el interior. Quién somos y quién queremos ser. Lo hacemos todas y todos. Ahora más que nunca. Sometidos a la dictadura de la publicidad, de la televisión y de las redes sociales. Que nos empujan a la tiranía del culto al cuerpo. Que nos persuaden para alcanzar un éxito ficticio basado en el dinero y el poder. Que nos inculcan un concepto de felicidad construido sobre quién tiene más, quién luce más y quién lo hace mejor. Y nos dejamos la piel queriendo ser como el resto. O peor, deseando ser mejores, superiores y envidiados por los demás. Por necesidad de pertenencia, más que por deseo de compartir. Me pregunto cuando nos daremos cuenta que lo real, lo sano, lo humano incluso, es la diferencia. Porque somos diferentes. Todas y todos. Y ahí radica la felicidad. La personal, la que solo es nuestra. La de aceptarnos, respetarnos y amarnos tal como somos. Y hacer lo mismo con el que tenemos delante. Porque solo así, empezando por una misma, lograremos que la sociedad acepte la diferencia. Y entienda lo bello de mirarse. Mirarse de verdad. Como somos, no como quieren que seamos.

Ainara

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