MENTIRAS.

No soporto las mentiras. Frase típica donde las hayas que pone de manifiesto una aversión a la traición, la deslealtad y la infidelidad. Y creo que nos pasa a todas y a todos. Pero yo hablo con conocimiento de causa —ahí va otra frase típica—, y no por haber sido víctima de ellas, que también, en algún cuento. Pero esa es otra historia. Yo hablo porque yo fui la reina de las mentiras durante años.

 

Mentía cuando respondía ya he comido en la universidad a la ya clásica pregunta. Cuando trataba de convencer a mi adversario —el resto siempre eran mis adversarios— con un no tengo más hambre, he picado algo en casa, termínalo tú. Mentía cuando creía despertar envidias ante la osada sentencia de lo que te falta a ti es un buen plato de lentejas o ante las miradas condescendientes en la calle. Mentía cuando sellaba mi boca con una pegajosa mezcla de suficiencia y rebeldía cuando se trataba mi tema en la mesa familiar. Cuando mi padre y mi madre discutían sobre qué hacer conmigo, como si fuera un asunto de Estado, y yo ni caso.

 

Mentía cuando me quedaba en casa sintiéndome ignorada y sola porque mis amigas no me llamaban. Y no me llamaban porque ya me habían llamado muchas veces sin obtener respuesta. Mentía cuando reclamaba atención a través de mis pieles vacías y apartaba a mi gente de un manotazo verbal cuando se acercaban con preocupación sincera y no dictando sentencia, como yo pensaba. Mentía cuando me comparaba y me sentía superior a otras. Más delgada, más inteligente, más fuerte, más estilosa, más determinante, más decidida. Con más voluntad, con menos miedos. Porque yo puedo y tú no.

 

Mentía. Y, lo peor, me mentía. Porque fui tan deshonesta conmigo misma durante aquellos años que aún hoy tengo que hacer un esfuerzo para ser auténtica. Para ser coherente y alinear lo que siento, lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Para no mentirme a mí misma de nuevo proclamando un no pasa nada, estoy bien, soy fuerte, esto lo supero rápido. Y no. Porque soy humana. Como tú. Lloro y me desgarro, me enfado y desaparezco, me duele y me encojo. Siento dolor, ira, miedo. Y me siento sola a veces en mi amada soledad. Pero no miento. Ya no. Porque mentir al resto es mentirme a mí. Y yo ya no me miento más. Ya no me traiciono más. Ahora soy fiel, honesta y leal conmigo. Y con los demás.

 

Y sí, hay que ser valiente. Quitarse todas las máscaras de quita y pon y empezar a conocer tu yo real, tu verdad. Ponerte ante el espejo, concentrarte en tu mirada y ver en la profundidad de tus ojos. Observar tus angustias, tus miedos, tus incongruencias, tus demonios. Y hacerles frente. Porque allí está tu sanación y tu liberación. Cuando te reconozcas y reconozcas que la que vive en ti no eres tú. Ni siquiera es vivir lo que estás haciendo. Así que, deja ya de mentir. Basta. No te engañes más. Deja de poner excusas y agarra esa verdad tuya con los puños bien cerrados. Porque la vida solo quiere eso de ti, que seas tú. Sin mentiras.

 

Y no, no necesitas un buen plato de lentejas. Eso es sobrevivir. Necesitas una bacanal de razones para vivir. Y eso ya lo tienes, ahí delante, en aquella esquina, en los que te rodean, en cada experiencia. Y en ti, sobretodo en ti. Para comerte la vida a cachitos y saborear cada nuevo bocado. Y es que la vida está ahí fuera esperando que la devores. A placer. De verdad.

 

Ainara

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