Frío. Calor.

 

Frío. Mucho frío. Sentada en el suelo de mi habitación con mi espalda pegada a un radiador que arde en desesperadas y fallidas intenciones de calentarme. Encogida. Por inercia. Por vergüenza. Por miedo. Sobre todo, por miedo. Mi postura favorita por aquel entonces. Tan distinta a la de ahora. Un cuerpo al que le falta todo lo que le sobra a la mente. Una mente compleja, caótica, frenética, sin tregua, sin piedad, sin paréntesis. De pensamientos mecánicos y reincidentes. La diferencia. La soledad. La ira. La incomprensión. La invisibilidad. La mentira. De pensamientos utópicos, más bien deseos. Deseo ser normal. Deseo quererme. Deseo ser. Deseo estar. Deseo huir. Y deseo volver. Deseo mirarme. Y deseo no verme. Deseo saber quién soy. Y deseo que nadie sepa cómo soy.

Llaman a la puerta, frente a mí. Pasa. O no. No pases. No quiero ver a nadie. Y quiero verte. La incoherencia. Otra vez, la incoherencia.

Mi padre. Que lucha a diario por permanecer ajeno a una enfermedad que golpea sobre la mesa a la hora de comer y contra la pared a la hora de tomar conciencia.

¿Cómo estás, mi niña? ¿Qué estás estudiando? ¿Por qué no sales un rato y desconectas? No, papá. Tengo que estudiar. No puedo salir. No tengo con quién. Y no quiero tenerlo. Solo quiero estudiar. Estudiar. Estudiar.

Se acerca. Se agacha. Se coloca a mi altura, demasiado cercana al suelo. Me abraza. Primero mis rodillas. Luego mis hombros. Un abrazo de padre. Un abrazo de amor. Amor de padre. Infinito y complicado a partes iguales.

 

 

Calor. El abrazo devuelve a mis huesos un calor tan deseado como imposible. Y sus palabras inundan mi cabeza de ideas y mi cuerpo de sensaciones. Tan nuevas unas. Tan opuestas otras. Más aún, si caben. Cariño, se puede. Tú puedes. Eres valiente. Y estoy aquí. Contigo. Siempre.
Y mientras él se aleja atravesando la habitación, yo lloro. De nuevo. Una vez más. Las lágrimas. La emoción. Su grandeza. Mi pequeñez. Su verdad. Y mi mentira. Porque es mentira que yo puedo. Sola. Pero es verdad que si quiero, si él quiere, si está, puedo. Podría. Por qué no. Si tengo hasta a mi padre de mi parte. De parte de lo humano. De lo valiente. De lo posible. De lo probable. Ese hombre firme, serio, estricto y fuerte es también tierno, cariñoso, carismático y cercano. Y con él, por él, por mi familia, por mí. Puedo, por qué no. Y siento que, por primera vez, la vida me entiende si me entiende él. La vida me apoya si me apoya él. La vida me ama si me ama él. Si me amo yo. Y aún quedaría mucho para amarme como lo hago ahora. Honestamente. Con respeto. Con confianza. Con pasión. Con compasión. Pero sería este el primer encuentro, el primer recuerdo de amor tras varios años de desenamoramiento de mí misma, de mi mundo y de mi vida. Y solo me queda voz, solo tengo tiempo para decir: Gracias, Papá.

 

Ainara.

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