De una reconquista

 

Las reconciliaciones tienen fama de difíciles. No hay más que prestar un poco de atención a la palabra: re-conciliar, volver a estar en buenos términos con algo. Se entiende entonces que hay algo que se ha torcido en el camino, precisamente por eso ahora es necesario reconciliarse, ¿no?

En mi caso, ese algo fue la anorexia. Y el objeto de mi sempiterna (pero constante) reconciliación, yo misma. El objeto y la herramienta, claro, a falta de otra. ¿Cómo reconciliarte contigo misma, bajo esa temible inercia autodestructiva? ¿Cómo, si una vocecilla te recuerda todos los días, nada más abrir los ojos y justo antes de darte al sueño, que no vales la pena? Nadie quiere hacer un esfuerzo por quien no vale la pena…

Al principio, lo único capaz de arrojar algo de luz eran razones prácticas: “Ya que vas a tener que vivir contigo el resto de tu vida, aprende a llevarlo (llevarTE) lo mejor posible”. Tiene un tufillo derrotista, ¿verdad? Un “no hay más remedio”. Pero sirve cuando ella es demasiado fuerte y aún no tienes herramientas para ganar la guerra. Te permite no retroceder, mantener el desafío mientras creas tu propio ejército, el que irá reconquistando el territorio perdido batalla tras batalla. Que sepa que, aunque herida y confusa, sigues ahí y tienes tu propia inercia.

Los soldados que vayas juntando formarán grupitos y empezarán a hablar entre ellos. A pesar de que llegarán desorientados y se sentirán asustados, poco a poco conocerán el campo de batalla y aprenderán a amar la causa por la que luchan. Aprenderán a amarla antes de que tú lo hagas, pero está bien. Eventualmente, serán capaces de enseñártela.

Tengo un recuerdo especialmente bueno de tres de ellos: Esfuerzo, Perdón y Valentía. Fueron los Generales de mi particular ejército, quienes me condujeron hacia la victoria. Las habilidades de Esfuerzo ya las conocía, su hermana Exigencia y yo siempre habíamos tenido una relación complicada. Perdón, muy tímido al principio, resultó poseer una fuerza que para mí era desconocida y que me hizo llorar como una niña. Y qué decir de Valentía… su presencia me pasaba desapercibida, siempre olvidaba mencionarla cuando pasaba revista a las tropas. Recuerdo el día en que la miré a los ojos por primera vez: le di la bienvenida a esta batalla, mi batalla, y ese día supe que todo iría sobre ruedas. Que esto estaba hecho.

Y hecha está, mi reconquista-reconciliación. Efectivamente, no ha sido fácil. Pero ahora puedo encargarme personalmente de limpiar todos los rincones donde mi anorexia sembró tristeza, soledad, rencor y remordimiento. Y Esfuerzo, Perdón y Valentía pueden descansar, ya no hay necesidad de estar en las trincheras.

 

 

Clara

 

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