Mi sensibilidad es mi Fuerza

Recuerdo viviendo con la esperanza de que algún día esa carcoma moriría. Recuerdo buscando información por Internet, testimonios de personas que habían vivido esta experiencia, recuerdo buscando esperanza por Internet. Lo único que quería saber era que al final de la subida habría una llanura desde donde finalmente podría disfrutar contemplando el horizonte con serenidad. Necesitaba saber que no estaba sola, que había otras personas también que lucharon con este monstruo y que ganaron. Le ganaron y podían seguir con sus vidas como personas normales y tener una vida feliz. No podía recordar cómo era mi vida antes. Gastaba tanta energía en pensamientos sobre esta cosa que a veces me preguntaba si mi vida antes estaba tan vacía que necesitaba algo así para llenarla.

Aislamiento, mentiras, miedo y arrogancia. Durante mucho tiempo pensaba que era superior a los demás, porque podía controlar la mayor necesidad natural del hombre, comer. Recuerdo que anhelaba quedarme sola para que mis pensamientos no se vieran influenciados por la gente. Para que no me despistara y perdiera el control. Desde que era una niña, con el objetivo de satisfacer la insatisfacción de la gente que me rodeaba, había dejado al lado mis propios deseos. Ya no recordaba como soñar. Había limitado mis habilidades a lo que mi familia, la sociedad y la gente requerían de mí. Cuánto tiempo y energía perdí intentando averiguar qué era lo “correcto”, lo que debía hacer. Al controlar todo lo que me ponía en la boca, pensaba que tenía el control de mi vida. Dentro de mí, una voz gritaba: “Todos vosotros controláis mis deseos y elecciones, pero ¡miradme! puedo controlar lo que como y lo que no”. Cuanto más me ordenaban comer, más obstinada me volvía y con mentiras evitaba cualquier cosa relacionada con la alimentación. Estaba intentando demostrar a todo el mundo que ellos estaban equivocados. Estaba intentando demostrarles que mis elecciones eran correctas. Con mi silencio, la única “arma” que usaba, me hacía daño a mi misma. El miedo al rechazo, el miedo al fracaso, el miedo a decepcionar a la gente, una lucha sin fin con mis deseos y la imagen que quería mostrar a los que me rodeaban. Estaba en una guerra, pero como única arma el silencio. Pero ¿cómo puedes ganar una guerra en la que el oponente ni siquiera sabe que está luchando?

Y llegó el día en el que me cansé de vivir con el vacío, de vivir con el miedo y la culpa. Me cansé de vivir mi vida a través de los demás. Y de repente, mi sensibilidad, que hasta aquel día creía que era mi debilidad, me di cuenta que era mi fuerza. Y fue entonces cuando me sentí fuerte e invencible! Y fue entonces cuando dejé de luchar contra mí misma…

 

Marilena

 

 

 

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