Una mujer como Dios manda

Todo el mundo parece empeñado en dar su opinión acerca de qué es lo que hace a una mujer “como Dios manda” (o un hombre, entendedme, pero desde ese punto de vista no puedo hablar), así que he decidido subirme al carro.

Zara dice que tenemos que tener curvas, pero sin pasarnos. En las redes sociales se habla de un IMC “ideal” y de “técnicas para gustar a todos los hombres”, y las revistas de moda critican sin piedad la dictadura del canon de belleza para, dos páginas más tarde, alabar las medidas de infarto de ésta u otra actriz. Google está repleto de páginas dedicadas al análisis de la mujer “perfecta”, cuya exhaustividad es inaudita: “de 29 años, 1’63 metros de altura y unos 50 kg”, “1’79 de altura y 59 kg (ni más ni menos, tiene botones)”. “Victoria’s Secret” presenta sus productos como “imprescindibles”… La cuestión es, ¿imprescindibles para qué?

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Viendo el panorama, a veces -más bien a menudo, siendo sincera- me planteo si seré yo la que ve las cosas de otra manera. Espero que no, y que podáis tranquilizarme. Me educaron para apreciar cualidades diferentes, para valorar de forma distinta lo que hace merecer a ciertas mujeres el calificativo (dudoso, por otra parte) de “como Dios manda”. Para empezar, me enseñaron que la entereza y valía de una mujer tiene poco o nada que ver con el tamaño de su culo y el modelito que gasta, y bastante más con su manera de enfrentarse a la vida y relacionarse con los demás. Y, sobre todo, con la manera en que se quiere, se respeta y se hace responsable de sus decisiones.

Una mujer como Dios manda es cualquiera y lo somos todas, porque Dios no suele mandar nada.

Son las que se mandan a sí mismas, las que dictan las normas de su vida. Las que son capaces de conjugar amor propio y respeto hacia los demás. Las que a veces se dejan vencer por la presión e incluso se convencen de que son menos de lo que son, pero siempre se levantan y caminan con paso firme. Las que llevan su propio criterio por bandera.

Y gustan a algunos hombres y a muchos otros no (que para qué, la verdad), y a algunas mujeres, pero, sobre todo, se gustan a sí mismas.

Clara

Posdata: disculpad, por favor, nuestra ausencia de la semana pasada. Desgraciadamente, todas las mujeres como Dios manda necesitan un respiro de vez en cuando.

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